LAS OTRAS DESAPARICIONES EN SANCA, por Ana Julia Menna (Partes Primera, Segunda y Tercera)
Primera Parte: ¿Qué desaparece cuando desaparece una persona?
En Argentina lo sabemos, lo vivimos. Duele nombrarlo: secuestros, torturas, violaciones, los vuelos de la muerte, asesinatos, desapariciones, exilios, apropiación de niños. A San Cayetano también llegaron las garras de los genocidas en el 77, y se llevaron a José L. Suárez, joven deportista, jugador de basquet en Independiente, estudiante de Ed. Física y militante de la Federación Juvenil Comunista. Hoy lo recordamos en un árbol en Plaza América y en el Polideportivo Municipal que llevan su nombre.
Pero hoy, vengo a hablar de otras desapariciones.
De esas que nadie nombra. Tal vez porque duelen menos, o porque duelen distinto. O porque somos pocos los que aún las llevamos en la memoria.
Tres desapariciones en un mismo año. En 1977. En mi pueblo.
Y una pregunta que me persigue desde que empecé a escribir esto: ¿Puede una dictadura borrar una escuela sin que nadie se dé cuenta? ¿Puede borrar la vocación de una maestra con un papel de una Junta Médica? ¿Puede hacer que años después, cuando esos niños crezcan, digan “yo no tengo escuela”?
En 1977, en SanCa, había 2 instituciones escolares funcionando en edificios alquilados: la Escuela Primaria N° 19 y el Jardín de Infantes N° 1. Con la decisión de no seguir pagando alquileres, llegó una inspectora en representación del gobierno provincial de facto. La idea era fusionar la Esc 19 –que funcionaba en el centro– con la Escuela N° 1, que estaba a solo dos cuadras, y construir un edificio propio para el jardín en un terreno que ya existía.
Esa decisión impactó en toda la comunidad de la Escuela 19, que se movilizó para evitar el cierre.
¿Cómo quedarse en silencio cuando te dicen que van a cerrar la escuela de tus hijos sólo porque el edificio es alquilado?
En esa búsqueda, el presidente de su cooperadora ofreció comprar el edificio y donarlo al gobierno provincial. Problema solucionado, ¿no?. Sólo restaba comenzar la construcción del edificio del Jardín.
Pero la crueldad de la dictadura militar no tuvo límites.
Y entonces la inspectora miró hacia otro lado. Miró a la Escuela N° 6, una escuela de barrio, sobre calle de tierra, alejada del centro del pueblo, sostenida a pulmón por su cooperadora y el equipo docente.
¿Por qué solucionado el problema del edificio escolar de la 19, ahora aparecía en el radar de esa inspectora la escuela 6?
¿Qué pasaba en ese momento?
Algo bastante común, aún hoy, en instituciones escolares: la matrícula había bajado, ¿importa cuánto? ¿10 alumnos más o menos pueden hacer la diferencia?. Y por esa razón llegó la orden de cerrar la 6, fusionarla con la 1, y trasladar el Jardín al edificio de la 6.
¿Por qué la 6? ¿Por qué alguien que no conocía a su comunidad tomaba esa decisión? ¿No les importaba el impacto de esa decisión en alumnos, familias y docentes?
Las preguntas flotaban en el aire, en las casas de esos alumnos y muy fuertemente en mi casa.
¿Por qué en mi casa? La respuesta es simple, la directora era mi tía Elba, quién junto a la tía Negra hacía 10 años que se habían convertido en mis madres y las de mis hermanos al morir nuestra mamá. Yo tenía 12 años en ese momento y hoy quiero contarlo para que esos hechos no se pierdan en el tiempo que todo lo borra.
Volviendo a ese momento, es fácil adivinar que los padres de la escuela 6 también se movilizaron. Y en una reunión con la inspectora, ofrecieron comprar el edificio del Jardín de Infantes para evitar el cierre de su escuela. Podríamos pensar que era la solución perfecta para lo que pretendía el gobierno militar de nuestra provincia.
Si ya se había aceptado la oferta de otra cooperadora, era lógico que esta también lo fuera.
Pero contra todo pronóstico, esa oferta no fue aceptada.
Y entonces alguien dijo lo que muchos pensaban: “Es porque somos una escuela de gente pobre”, “la palabra nuestra vale menos que la del presidente de la cooperadora de la 19”
La reunión se volvió difícil, muchos padres manifestaron su enojo, su impotencia.
Y en medio de esa reunión, mi tía Elba fue acusada de subversiva por parte de la inspectora quien se retiró de la reunión muy enojada y con la firme decisión de concretar el cierre.
SUBVERSIVA
A ella, a mi tía Elba.
A ella que toda su vida trató de evitar los conflictos.
A ella que sólo entendía de dar amor.
Y un día llegó el cierre.
Yo iba a la Escuela 1 y en ese tiempo nos preparamos para recibir a los chicos de la 6, con chocolate, con cariño, con palabras que intentaran suavizar el triste momento.
Pero el cariño no siempre alcanza. No cuando hay injusticia de por medio.
Ese día, los chicos llegaron en un colectivo que los trasladó desde su escuela a la nuestra. Mientras tanto, soldados cargaban los muebles de la 6 en un camión. “Arrancaron hasta las placas de las paredes, los pizarrones”, nos contó la tía Elba. Esas placas que dicen “Escuela N° 6”, que son como la identidad de un lugar.
Mi tía se quedó sola en la escuela ese día.
Ordenando papeles.
Juntando los restos de lo que había sido una gran parte de su vida docente.
Sola.
En su escuela vacía, silenciosa, llena de ausencias.
Excepto por una mujer que mi tía siempre recordó con muchísimo cariño y agradecimiento: la Sra. de Hauri, directora jubilada de la Escuela 19, que cruzó la puerta para acompañarla, con palabras amables, entendiendo su inmenso dolor. Porque no se trataba de cerrar la 6 o la 19. Se trataba de que ninguna escuela debería cerrarse cuando hay alumnos, familias y docentes que la habitan y sostienen.
Esa escuela no era sólo un edificio. Era la vida de una maestra que había construido todo desde abajo. Para entender por qué ese cierre la destruyó, primero hay que saber quién era ella.
LAS OTRAS DESAPARICIONES EN SANCA
Segunda Parte: La maestra que perdió todo
| El edificio escolar a través del tiempo, dibujo de los alumnos de segundo año |
¿Quién era mi tía Elba antes de que todo esto pasara?
A veces me pregunto si uno puede reconstruir la vida de alguien desde los pequeños gestos. La veo con mi hermano muy chiquito en la falda, escribiendo sus planficaciones en una Olivetti que aún conservo. La veo en el living de mi casa, con sus compañeras docentes, cortando personajes de cuentos en telgopor, pintándolos para decorar las paredes de la escuela. La veo organizando una fiesta escolar, llevando a sus alumnos en tren a Tandil, mandándome al banco a hacer trámites de la cooperadora.
Yo no era alumna de su escuela, pero siempre me sentí parte de ella.
Mi tía Elba era la menor de cuatro hermanos. Perdió a su papá de chica, después a su mamá. En San Cayetano no había secundario, así que sus hermanos mayores le pagaron una pensión en Tres Arroyos para que estudiara. Se recibió de maestra a los 18 años, pero sentía que le faltaba formarse, que necesitaba más herramientas para poder enseñar. Entonces decidió hacer un postgrado en el ISER, el Instituto Superior de Educación Rural, en Tandil. Tres años. Una residencia, junto a 2 compañeras, en una escuela rural en Leubucó, en el oeste de nuestra provincia.
Después volvió al pueblo. Rindió examen para ser directora titular. Y lo fue.
Era brillante.
Tan brillante que en 1974 o 1975, el ingeniero Luis Magnanini, que había sido su profesor en el ISER la convocó para dirigir un proyecto innovador: las Escuelas de Concentración Rural en el partido de Benito Juárez, escuelas que aún hoy existen en forma de concentración.
Mi tía dijo que no.
¿Por qué?
Por nosotros. Por mis hermanos y por mí. Éramos chiquitos en ese momento –9, 8 y 7 años–, nos habíamos quedado sin mamá, y vivíamos con ella. Nunca nos dijo cuánto le dolió rechazar esa oportunidad. Pero yo sé que sí. Lo sé porque conozco su mirada cuando hablaba de esa oferta.
También fue una de las primeras presidentas de ESCA, el gremio docente. La recuerdo con sus compañeras de la comisión directiva, en mi casa, a la tardecita, resolviendo cuestiones gremiales.
Todo eso era ella.
Y mucho más, que excede este relato.
Volviendo a los hechos, como dice Silvia Schujer en algunos de sus libros infantiles.
Cuando cerraron la 6, la reubicaron, no por deseo sino porque era su derecho como directora titular. Primero en la Escuela 19, después en la 1.
No perdió el trabajo.
Pero algo en ella empezó a romperse.
Un día, en su escritorio de la dirección de la Escuela 1, comenzó a ver manchas cuando leía y cuando escribía. Fue al oculista. El oculista no encontró nada y le dijo: “andá a tomarte la presión”.
Tenía 30 de máxima.
Treinta
Veintidos de mínima
30/22
Nadie pudo explicar cómo seguía viva.
Vino la licencia.
Los estudios médicos
Y la Junta Médica.
Y una noche llegó el final.
Recuerdo cada detalle de esa noche, en el living de nuestra casa. Mi tío Mario entró con la difícil tarea de darle la noticia, de transmitirle la sentencia final: la Junta Médica la había declarado con incapacidad irreversible.
Quedaba cesante.
La jubilaban de oficio.
37 años tenía.
20 de antigüedad docente.
Perder la escuela ya era demasiado. ¿Perder también la carrera?
Apeló.
Buscó ayuda. Una amiga, también docente, tenía un contacto en el gobierno provincial y se ofreció a intentar gestionar su reincorporación. Unos días después, esa amiga volvió con un mensaje que heló la sangre: “Aceptá la jubilación. El gobierno no te quiere en el sistema. Si seguís reclamando, te echan sin jubilación”.
¿Subversiva?
La palabra volvía.
Uno pensaría que ahí termina la historia. Pero la dictadura no impactó solo durante los años del Proceso. Hubo heridas que se abrieron después, ya en democracia, y desde adentro de su propio partido.
LAS OTRAS DESAPARICIONES EN SANCA
Tercera Parte: Heridas que no cierran
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| Elba jurando como Consejera Escolar |
En 1983, con la democracia recién estrenada, mi tía Elba fue candidata a consejera escolar por la UCR. Salió electa. La eligieron presidenta del Consejo Escolar. Juró con orgullo, con ilusión. Tengo muy presente ese momento, su cara de emoción, nuestro orgullo.
Su vocación docente tenía otra oportunidad de desarrollarse desde otro espacio, desde otro rol.
Fue así, que siempre atenta a las necesidades educativas, impulsó la creación del Jardín de Infantes N° 902 en el barrio de la Escuela N° 2. Hizo un censo casa por casa, porque había familias que no podían llevar a sus hijos al único Jardín, que quedaba en la otra punta del pueblo. Le costó, hubo resistencias. Pero lo logró. Creo que en 1984.
Estaba feliz.
Los milicos le habían cerrado su escuela.
Los milicos le habían quitado su carrera docente.
Y ella, en democracia, era la gestora de la creación de una nueva institución escolar.
¿Cómo no estar feliz?
¿Cómo no estar orgullosa?
Pero, a diferencia de los cuentos, esta historia no tiene final feliz.
Nuevamente decisiones.
El gobierno provincial de su propio partido decidió comprar el edificio de la Escuela 19.
El mismo edificio que en 1977 el presidente de la cooperadora de la 19 había ofrecido comprar y donar, pero nunca compró.
Nadie reclamó el cumplimiento de ese trato.
Ella no pudo entenderlo. O tal vez sí. Tal vez entendió demasiado.
Y como había anticipado a las autoridades locales de su partido, renunció.
Un nuevo golpe.
El final definitivo para ella.
Pero las heridas no quedaron solo en ella.
Impactaron en mi vida y también en la de otras personas, incluso, seguramente en muchas que no nombro porque no lo han hecho visible.
Cuando yo tenía 15 años cursando mi tercer año secundario, en 1980, le dije que quería estudiar magisterio. Me miró y me dijo: “No desperdicies tu inteligencia, Anita, en una carrera demasiado ingrata”. Lo repitió muchas veces, hasta que me convenció.
¿Cómo contradecirla? Yo sentía su dolor. ¿Cómo no entender que no quisiera para mí, para su hija, un destino similar?
Después de varias vueltas, me recibí de docente recién a los 37 años.
Años más tarde, cuando mis sobrinos empezaron el Jardín, por diversas razones mi hermana los mandó al que funcionaba en la querida escuela de mi tía. La escuela que ella había cerrado con llave después de ordenar los últimos papeles. Había jurado no volver a pasar por su puerta. Y lo cumplió. Por eso, aunque fue parte de cada minuto de la vida de sus nietos, nunca asistió a un acto escolar.
Más de 10 años después, el dolor la atravesaba igual que en 1977.
También hay otras herida que no dimensioné hasta años después.
En 2002 organizamos el primer encuentro de egresados de la escuela primaria, por los 25 años de egresados. Como parte de la organización, me puse en contacto con los que habían hecho séptimo en la 1 y con los que venían de la 6. Ninguno de los exalumnos de la escuela 6 quiso ir. Una compañera me contestó algo que no olvido: “¿Qué reencuentro? Yo no tengo escuela”.
No recuerdo qué respondí.
Tal vez algunas palabras para convencerla, aún sabiendo que ella tenía razón. Pero obviamente, sin éxito. Porque era verdad, ella no tiene escuela a la cuál volver, no hay salones que recorrer buscando el banco en el que se sentaba, no existe su patio en el que crecía el ombú que mi tía había plantado de un brote del histórico ombú de la Plaza América y que aún hoy da su sombra a los peques del jardín.
Tal vez en mi casa el dolor de mi tía lo tapaba todo.
Pero ahí supe: para ellos también fue inmenso. Y seguía doliendo.
Otra compañera me dijo hace poco: “Yo era la abanderada de la Escuela 6, y tuve que entregar la bandera a un alumno de la Escuela 1”.
No perdieron su escuela. Se las robó la dictadura
No perdieron su bandera. Se las robó la dictadura
Por eso hoy, a 50 años del inicio de la dictadura más atroz que tuvo nuestro país, digo fuerte y claro que en San Cayetano, en 1977:
DESAPARECIERON LA ESCUELA N° 6 Manuel Belgrano, DE SAN CAYETANO
DESAPARECIERON LA EXITOSA CARRERA DOCENTE DE ELBA AURORA SÁNCHEZ
DESAPARECIERON EL RECUERDO DE SUS ALUMNOS QUE TAMBIÉN TIENEN NOMBRE
Y TODAVÍA HOY, SIGUE DOLIENDO
MEMORIA, VERDAD, JUSTICIA.
ANA JULIA MENNA
Ana Julia es una mujer sancayetanense, mamá de tres hijos, e hija de Marta, Negra y Elba...docente comprometida con el medio ambiente, luchadora incansable....


Ana, relatas - con la crudeza de la verdad- una realidad dolorosa de desapariciones en gobiernos de facto y que ...a veces.. también ocurren en democracia...-siempre recuerdo cuando a mamá la echaron de su Curso de Dibujo porque y era una concejal combativa como oposición- , y fue en democracia..., tu texto interpela para que sepamos cuidarnos entre todos...todos somos valiosos... tu texto interpela para que seamos mejores unos con otros, respetemos las ideas de otros, valoremos a los otros... las heridas provocadas por tanta injusticia y desapariciones no logran cicatrizar facilmente....gracias por compartir estas vivencias tan caras a tu familia y vida!
ResponderEliminarGracias a vos Maga por publicarlo en tu blog..hace tiempo tenía este relato en mí cabeza y nunca encontraba el.momento para sentarme a redactar. Hoy ya no podía esperar para compartir esta historia que aún duele, pero que tiene el objetivo de que el pueblo sancayetanense recuerde a la querido escuela N° 6 y es al mismo tiempo un homenaje a la tía Elba que tanto amó así escuela
ResponderEliminarYo estaba cursando cuarto grado de la escuela 6 cuando se cerro y pasamos a la escuela 1
ResponderEliminarMuy triste momento para todos.
EliminarAna .. tu relato es como lo fui entendiendo con el tiempo… en su momento fue todo confusión, dolor… nos arrearon como animales (literal) de un día para el otro.
ResponderEliminarSolo tengo recuerdos hermosos de mi escuelita 6, la pulcritud, la excelencia educativa, directivo y docentes con todas las letras, grupos de chicos, verdaderos compañeros!
de todo esto que nos pasó, rescato la solidaridad de la comunidad de la escuela Nro 1, más que agradecida.
Trabajé en el Jardín 901 y cada rinconcito tiene ese no sé qué de mi escuelita… acá era la dirección..acá mi salón de 1er grado… por acá vivía la portera con su familia… y el patio sin rejas…
Cosas que no deben suceder nunca más ….
Cosas que no se olvidan
Graciasssss por compartir!
Te tuve presente, también a Laura, mientras lo escribía. Contar lo que pasó, hacer visible lo invisible, es una forma de comenzar a sanar.
ResponderEliminarTambién para mí, mis hijos y mis sobrinos, que tenemos plena conciencia de que la tía Elba sufrió toda su vida por ese atropello.
En casa está la bandera que se izaba todos los días, la tía no quiso entregarla, la guardó y hoy está en casa. Es la de la foto. Con gusto la entregaré a cualquiera de uds que quiera conservarla y cuidarla con el mismo amor que lo hizo la tía. Porque lo que vivieron uds en la escuelita, no lo pudieron borrar. Abrazo enorme
Leo sus comentarios y reflexiono: NUNCA LOGRARÁN HACER DESAPARECER LO QUE QUEDA GRABADO EN EL ALMA....
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