"El abuelo". La verdadera historia de Luis Mariano Wagner, por Francisco Luis Rodríguez Cometta

 

Parte 1

                              En las reuniones familiares de navidad, el abuelo contaba siempre la

la misma historia: Tenía 8 hermanos, habían sido muy pobres, hizo la primaria hasta cuarto grado hasta que lo mandaron al campo de peón porque lo habían echado por no tener ni útiles ni guardapolvo. En el campo la pasaba mal, sufría. Dormía en un galpón con las ovejas, en un fardito de paja.
El Abuelo Luis odiaba  las moscas adentro      de la casa, siempre tenía     la paletita de plástico a mano y donde   andaba una mosca la    remataba     enseguida, tampoco le  gustaban los perros ni los gatos, decía que eran mugrientos
Mamá me había explicado que todo eso era por lo que sufrió de chico.
El abuelo contaba que a los 14 se escapó del campo y se fue caminando hasta el pueblo como 30 kilómetros, y cayó en un taller mecánico, donde empezó haciendo de che pibe y fue aprendiendo el oficio.
Se volvió muy bueno, a los 20 era un excelentísimo mecánico y abrió su propio taller con un socio.
Tras años de trabajo, de cosechar clientes fieles, forjar fama de honestidad, de trabajador y de buen mecánico, creció el negocio. Decidieron empezar a comprar autos usados, ponerlos en condiciones y revenderlos.

Con este nuevo proyecto el abuelo en un par de años consiguió hacerse de una gran fortuna. Compró una casa en la que vivieron con la abuela Elsa, recién casados.

Tuvieron tres hijas, Liliana, la mayor, mamá, la hermana del medio y la tía Elenita, la más chica. A mamá le decían Pino, porque cuando nació, la abuela Elsa dijo que parecía un pinito y le quedó Pino, aunque su nombre es María Beatriz.

También compró un departamento en la ciudad de Necochea para veranear. En esa época tenían un Ford A. Mamá me contaba las idas al Balneario de San Cayetano en el Ford A descapotable, se llenaban de tierra, era tan divertido decía.
En un momento el abuelo pensó en comprar campo, pero no se animó, la abuela Elsa le decía que no, que era mucho trabajo.
“-A vos    no      te gusta    el campo Luis, da   mucho trabajo un campo, para que queremos campo”...
Y los años pasaron y el abuelo "Don Luis", como le decían cuando yo era chico, se volvió uno de los hombres más ricos del pueblo.
Él guardaba la plata en el banco y en pesos, no   compraba dólares, tenía todo en pesos.
Era cauteloso y le costaba gastar la plata, acumulaba y acumulaba el dinero en el banco, tenían una vida sin necesidades, pero austera, pudiendo vivir de lujo. Mamá me contaba que cuando el abuelo le traía un chocolatín, partía un pedacito, se lo comía y guardaba el resto en la heladera.
A la que más le duraba era a la tía Liliana, mamá y Elenita no aguantaban que pase una semana y que la golosina de Lili siga estando en la heladera, entonces se lo comían a escondidas. Cuando a los quince días  Liliana reclamaba su antiguo tesoro se armaban flor de discusiones.  Mamá le hacía bromas a sus dos hermanas, juntaba hormigas en el patio y se las metía en la cama a Liliana, los gritos de Lili eran tremendos, eran las negras, las que picaban fuerte.
A la tía Elena la asustaba cuando iba a hacer pis o caca, se metía en el placard grande que había en el baño, y cuando entraba Elenita, después de aguantarse un rato calladita bien quietita en el ropero, salía de golpe gritando:
-¡Buuuuuuaaaa!- y la pobre Elena saltaba del hinodoro llorando.

El abuelo me decía “Machito”.
Sus frases reiterativas eran :
-Machito, vos tenés que cuidar mucho a tu mamita.
Otra frase que me decía era:
-Machito, vos vas a hacer  refusilar a las minas, jajajajaja cosita- decía y se reía.
El abuelo no puteaba, sus expresiones de bronca o amargura eran puteadas modificadas. Algunas de ellas eran:
- ¡Que los parientes son los piores!
Otra:
-¡La punta del sauce verde!
O sino:
-¡La pucha caracho!
A veces también decía:
-Meeeeeee c- con una c al final, nunca completaba la frase, a lo sumo decía:
-meeeeecacho     

Y:
-Con estas viejas uno no sabe si va o viene
-Que lo tiró
Dos cosas particulares del abuelo eran:
Tomaba la sopa a las 6 de la tarde, o a las 7 y aspiraba de la cuchara haciendo ruido, chupando sopa y aire.
Hacia:
-Ggguclclcluclucli

Siempre que comía decía:

-Esto esta desabrido¿ Le pusiste sal?

Un repertorio de él era estar sentado en la mesa redonda naranja de la cocina, rechinando los dedos desde el meñique hasta el pulgar, haciéndolos sonar por separado con las uñas contra la fórmica de la mesa en 5 tiempos, una vez cada dedo, hacia toc, toc, toc, toc, toc, todo ligerito. Quedaba un ruido como toctoctoctoctoc y lo hacia una y otra vez.... y por ahí decía:
- La punta del sauce verde, quelosparientesonlospeores, la pucha caracho, jajajajajajajaja- y se reía mostrando el brillo de los ojos verdes, algo envejecidos e irritados en su parte blanca y su sonrisa de dientes amarillos y negros en las raíces.
-Con estas viejas uno no sabe si va o viene -
- Maaachito - decía y terminaba el repertorio.


Parte 2
El abuelo era de ascendencia alemana, sus tatarabuelos habían venido en barco a Argentina, a finales del 1800, eran los Alemanes del Volga, venían del Valle del Volga, Rusia. Algunos alemanes escapando de las pésimas condiciones en que se vivía en la posguerra de los 7 años (1756-1763) aceptaron la invitación por parte de Catalina "La Grande" que promulgó un manifiesto el 22 de julio de 1763, en el cual se invitaba a todos los extranjeros dispuestos a ello a radicarse en Rusia y poblaron las tierras vírgenes de ambas orillas del río Volga, durante un largo siglo.

Luego habiéndose modificado las condiciones prometidas por Catalina II, siendo obligados al servicio militar ruso, a introducir el idioma ruso en las escuelas de las colonias y con temor de ser forzados a profesar la religión ortodoxa, se vieron obligados a migrar a América del norte, Brasil y posteriormente a Argentina en busca de mejores tierras trigueras, llegando a Buenos Aires y Entre Ríos a fines de 1877.

En ese grupo de inmigrantes se encontraban los tatarabuelos de Luis, mi abuelo.
Sus padres habían vivido en colonias alemanas en Argentina y hablaban alemán como primera lengua. Llegaron a los campos de San Cayetano, un pueblito entre Chaves y Necochea. El abuelo en su niñez hablaba solo el alemán hasta que aprendió en la escuela primaria el castellano.
El abuelo tenía manos grandes, flacas y venosas. Era de baja estatura, no llegaba a 1,70 mts y a los 20 ya era pelado. Tenía mucho éxito con las mujeres, cuenta la abuela y mamá. Usaba bigote y solía ir al club independiente de San Cayetano a jugar a las cartas con amigos. Timbeaban.

Cuando las hijas crecieron compró un departamento en la ciudad de La Plata para que las tres estudien. Liliana estudió arquitectura, se recibió con un promedio brillante. Mamá estudió licenciatura en Artes Plásticas en la Universidad de Bellas Artes de La Plata y fué una de las alumnas más destacadas. Elena estudió en esa misma universidad Diseño Industrial y también se destacó en la carrera.

En los años siguientes ya más cerca de su jubilación Luis se dedicaba mayormente a la mecánica de camionetas. En el cajón de las fotos tengo una en donde estoy debajo de una F-100 con el abuelo haciendo que ajusto algo imaginario con una llave.

Alguna vez escuché un cassette grabado por mamá en donde digo los nombres de las herramientas a la edad 1 año, si, aprendí a hablar muy pronto:
- caliiiibre, llave sueeeeca, martiiiiilloo, tenaaaaaza-
De esa época mamá me cuenta que antes del año y cuatro meses, no me dió más la teta, y yo le dije:
- Esta bien, haceme un té- con tono superado y resignado.
Con el abuelo mirábamos los partidos de Independiente de Avellaneda, el rojo.
Él cuando la pateaban afuera se enojaba y decía:
- Meeeecacho, pajarones, todo el día pateando la pelotita y la tiran a la tribuna, no se puede creer.
Cuando había algún gol, contento y tranquilo me decía:
-Pero que bárbaro, ¿vos viste?, como hizo el tipo, que increíble. Hizo como que iba para un lado y salió para el otro. -
El abuelo se sentaba derechito en un sillón de mimbre pintado de blanco, con un almohadón marrón. Posaba las manos en las rodillas y de ahí se las levantaba a la frente, dependiendo como acontecían los vaivenes del partido, manos a las rodillas, se disparaban hacia la frente ante el peligro de una jugada y bajaban lentamente de nuevo a las rodillas. A veces el sobresalto era tal que se paraba, y luego volvía a sentarse despacito.
Las muestras de cariño del abuelo eran torpes y tímidas.
Él te apretaba suavecito tres veces con los dedos el brazo en la parte del bíceps, como si fuera un mimo, una caricia o un abrazo. Ese era su idioma.

El abuelo siempre tenía una chomba lila, media decolorada, pantalones beige de gabardína o jeans clásicos, zapatillas Adidas grises, las que tenían una red en el costado de la suela y usaba chalecos de pullovers escote en V. Su ropa siempre parecía vieja. Se ponía una pulsera de bronce en la muñeca izquierda y si la piel debajo de la pulsera se teñía de verde, era indicación de que andaba mal del hígado.
Tenía el colesterol alto y se le había tapado una arteria en la pierna por lo que el médico le había indicado andar en bicicleta. Andaba en la Aurorita celeste de la tía Elena por todo el pueblo.
Cuando yo era chico tenía un auto hermoso, un Ford Taunus celeste Deluxe. La parte del techo era de cuero sintético negro y los asientos, de cuero marrón clarito.
Era de Ford, no de Chevrolet, y decía que el Fiat era un auto de taller.
-Como Ford no hay - Aseguraba.

Parte 3
La tragedia del abuelo se llamó Rodrigazo, de esto se enteró mamá contado por él mismo en una de las últimas navidades, en confidencia solo con ella. Mamá después nos contó a todos muy amargada.

-¡ Podes creer!, con razón tenía tantos pretendientes yo ¡Papá! ¡eras el más rico del pueblo! - Pero lo cierto era que mamá también era muy linda.
Tenía todo su dinero en el banco en pesos cuando se desató el fenómeno inflacionario denominado popularmente con el nombre de Rodrigazo, en el año 1975. Fue un plan de ajuste económico implementado por el ministro de Economía Celestino Rodrigo, algo parecido al corralito, pero mucho peor. Rodrigo impulsó una serie de medidas de shock, que incluyeron una fuerte devaluación del peso, aumento de los servicios públicos, transporte y combustibles. Fue una época traumática para muchos, la tía Elena me contó que cobró el sueldo como docente en la facultad de Diseño Industrial donde trabajaba y con ese dinero no le alcanzaba para tomarse el micro hasta la casa de su novio Juanjo, donde tenía una cena. Se fue caminando 40 cuadras.
Yo le dije que no podía ser, si estaba segura, y me contesto:
-Si, era así, no exagero, fue una locura de verdad.
-Pero ¿cómo vivían?, ¿Como comían?

- "Y... comíamos cualquier cosa: fideos, arroz, todo era carísimo. Vivíamos de los ahorros de papá."

Con todas estas medidas, el abuelo perdió su fortuna, y ganó una amargura que duraría todo el resto de su vida. Por suerte pudo desahogarse contándoselo a mamá, y no murió con ese secreto guardado.
Mamá quedó fóbica a los movimientos inflacionarios, y centavo que puede ahorrar, centavo que usa para compra de dólares. Ella también tuvo su momento de pérdidas financieras, si bien mucho menor, por un tipo corredor de bolsa que se fugó con el dinero de sus clientes en una gran suba de acciones, pero eso es otra historia.

                             Francisco Luis Rodríguez Cometta

Francisco reside en Mar del Plata, en platense, Artista Plástico como su madre, muralista, y escritor. Su familia materna es de orígen sancayetanense.
El cuento que nos comparte tiene ya los Derechos Registrados

Comentarios

  1. Francisco querido -hijo de la querida Pino-, gracias por compartir tu cuento autobiográfico en este Blog, haces una semblanza familiar y de tu amado abuelo, maravillosa, dibujas sus vidas en tu vida con ternura, pudiendo ver más allá de las muestras de cariño "torpes y tímidas" al ser íntegro y encantador que sin duda dejó una huella profunda en tu corazón...el abuelo... Gracias por hacernos conocerlo más!

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  2. No puedo dejar de sonreír, simplemente gracias.
    El abuelo, mi papá está presente en cada rincón de nuestras vidas.
    Para mí una persona maravillosa.

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