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La casa de los abuelos Nicolás y Victoria, por Magalí Di Croce

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La abuela con sus tres hijos Los abuelos La cómoda que hoy está en mi living Así era la casa original cuando la construyó el abuelo El abuelo con mi primo Gustavo y yo                       Los abuelos nos dejan una huella imborrable, y la casa de nuestros abuelos era algo especial, ante todo era algo nuestro, no era la casa de ellos como algo ajeno, no. Era un espacio nuestro, relajado, divertido…donde con mi hermana y primos disfrutamos mucho de nuestra niñez…. En el primer patio el abuelo hizo hacer una hamaca al lado del jazmín, ahí jugábamos muchísimo… Al patio lleno de frutales, y con un gallinero incluido, le decíamos “la quinta” y jugábamos horas arriba de ese ciruelo que tanto podía ser “la casita” si jugábamos con Vivi o, una diligencia, si el juego era más varonil con Susana y Gustavo… Y la casa…la abuela Victoria siempre cocinando algo rico, y, a veces, hacie...

Viajes, por Silvia Travaglia

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Silvia con Mary en sus esperas en la Terminal de Chaves                                                  Empecé a viajar en 1990, crisis, hiperinflación , para variar en Argentina.  Iba todos los viernes, pasando dos noches consecutivas que dormía en el colectivo. Recuerdo que guardaba una moneda de 50 centavos que me llevaba en el 22, de mi casa a la Terminal de Retiro y tener siempre el pasaje de ida a San Cayetano comprado, porque en la semana se me iba lo que ganaba en cada viaje, y quería volver.  Después fueron dos días los que me quedaba, de modo que hacía noche ahí.  Esto lo hice por 16 años, 16 años que me permitieron ver a mis hermanos casarse, ver nacer a mis sobrinos, ver envejecer a mis padres, y luego morir. Es mucho tiempo y también poco, quería que terminara nunca… porque sabía como era ese final...

De la tierra a la luna, un viaje imposible…, por Silvia Santipolo

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                 Una luminosa mañana de noviembre, con mis ocho años recién cumplidos, llegué hasta la biblioteca del Club Ciclista para cambiar El último mohicano, por otro libro.  Era todo un ritual mágico subir la escalera curva, abrir la puerta de madera e ingresar en ese paraíso de papel, donde imperaba el color marrón, el aroma de la cera del piso crujiente (porque al caminar los mosaicos hacían un ruido particular) y ver por los ventanales, en época de primavera, el profundo azul del árbol de la vereda de enfrente. La larga mesa central siempre estaba cubierta de libros. Devolví el que llevaba y comencé a mirar en la pila de los infantiles. Un sinfín de aventuras, un abanico de historias, una paleta de colores en cada tapa, en cada personaje. Sin embargo, algo apartado de los demás sobresalía De la Tierra a la Luna, de Julio Verne.  -¿Puedo llevarme éste?-, pregunté.  La señora b...

Mis dos Rogelios...,por María Susana Zubía

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                                                      Creo que nos conocimos en las panzas de nuestras mamás, no recuerdo un principio en nuestra amistad, nació con nosotros. De quien les voy a contar ahora es, de mi primer amigo, Rogelio Cisneros.  Lo recuerdo como un niño de baja estatura, pelo cortito y negro, cachetes muy pellizcables y sonrojados por el calor, ya que nunca se quedaba quieto. Sus ojos tenían el color de la Coca-Cola y también su dulzura, pero su mirada era pícara y traviesa.  ¡Cómo olvidar cuando abría la puerta de casa, apenas lo suficiente para asomar su cabeza, y pronunciar las palabras mágicas: “¿Querés salir a jugar?”! Y así empezaban nuestras aventuras. Nos convertíamos en grandes exploradores, al mejor estilo Indiana Jones, en el fondo del club Independiente; o nuestra bicicletas eran naves espaciales q...

Rituales compartidos, por Jorge Dip

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                                                                                 El sol se esfumó en esta tardecita de otoño acariciando las oxidadas vías del ferrocarril que solo perciben algo de vida cuando los pibes juegan en el terraplén.  Alguna vez las transité cargado de palos para las chozas, soñando en ser futbolista o cantando alguna canción que les escuchaba a los mayores. El frío hace tiritar la pared de madera de la casa, la parte que no ha sido bendecida aún por el ladrillo, pero se banca los vientos y heladas de manera estoica. Estoy a punto de presenciar una ceremonia que se ha vuelto tan rutinaria como necesaria los últimos fines de semana. Seré testigo de un ritual gastronómico sin valorarlo demasiado, preocupado por la mirada de la chica que me gusta en...

Un martes otoñal...,por Federico Schmidt

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                 Han pasado un poco más de seis años. Sí...seis años de aquél 26 de Marzo de 2013.  Recuerdo que era un día otoñal; muy soleado, aunque sumamente húmedo y caluroso.  Aquél Martes iba a marcar un antes y un después en mi vida. Precisamente, ésta última palabra, era la que daría inicio a una nueva.  Pasado el mediodía, emprendí rumbo hacia la Escuela Primaria N°8 (Paraje el Pino), situada a 18km de San Cayetano, donde debía cumplir mi rol de Profesor de Inglés de 13 a 15hs.  Dicté mi clase, y puedo revivir con suma precisión la llegada de una de las camionetas de la Cooperativa Eléctrica de nuestra localidad, cuyos operarios iban a reparar un poste de luz al mencionado Establecimiento Educativo. Inmediatamente, no vacilé en preguntar si podrían acercarme hasta San Cayetano. Unánimemente, la respuesta fue asertiva.  Arribé a mi casa y en cuestión de segundos, mi guardapolvo f...

Entre los recuerdos de mi niñez está presente la Sociedad Italiana…,por Magalí Di Croce

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El día que nos visitó el Cónsul durante la presidencia de Mario Cipollone                     Entre los recuerdos de mi niñez, está la Sociedad Italiana, a la que considerábamos parte nuestra, y aún hoy en que no voy habitualmente la siento parte mía. Más allá de que el abuelo Nicolás Arcángeli durante mucho tiempo fue parte de la Comisión y Presidente de la misma, igual que la tía Julieta, la pertenencia es algo más profundo. Son esas cosas simples de la vida que quedan grabadas en el alma, las reuniones donde los chicos corríamos y jugamos sin parar, las comidas en las que nunca faltaban los lupines –que me olvido de comprar y cuyo sabor me recuerda esos encuentros-, le canzoni che cantavano Ettore Travaglia y Roque D’alleva…las risas, las partidas de mus de los hombres… La gran cena y baile en cada aniversario… las tallarinadas con el grupo más íntimo… Era un encuentro fraterno, de arraigo, de familia… ...