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De la Milagrosa a Salta, por Magalí Di Croce

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Imagen de la  Inmaculada Madre del Divino Corazón Eucarístico de Jesús, la Virgen del Cerro  Imagen de la Medalla Milagrosa  Fotografía del día de la Peregrinación en el Cerro                                           Siempre fui bastante reacia a aceptar cosas o hechos que no tuvieran una clara explicación lógica, en general, y respecto de cuestiones religiosas en particular, sólo considero incuestionables y verdaderas a las reconocidas expresamente por la Iglesia Católica porque, para los católicos,  ella ejerce el Magisterio de la fe y la doctrina. Es una postura lógica. Sin embargo debo reconocer, sin poco asombro que a mi rígida lógica, la sacudió un cimbronazo. En mi camino de fe, María, se fue acercando a mí con calidez maternal…llegando de diferentes formas…cuando me recibí de abogada, Chela un...

Sin tecnología, por Silvia Travaglia

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Mamá, Chicha otra amiga, y Maruca...tomando mate en la cocina...                                                                                                 No sé cuando la conocí, porque siempre formó parte de mi vida. Era una amiga de mi madre, que vivía a la vuelta de mi casa, un ejemplo de mujer en muchos aspectos, y muy pintoresca en otros. Juntas se potenciaban ya que eran muy diferentes y muy audaces, cada una a su modo. Maruca.  Ella me contó esto por ejemplo:  Maruca era adolescente y quería comer menos para adelgazar, cosa que en una familia italiana era impensable. Nada de anorexias y esas cosas raras, la obligaban a comer, tomo la plancha caliente y se quemó la lengua, eso hizo que su madre...

La casa de los abuelos Nicolás y Victoria, por Magalí Di Croce

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La abuela con sus tres hijos Los abuelos La cómoda que hoy está en mi living Así era la casa original cuando la construyó el abuelo El abuelo con mi primo Gustavo y yo                       Los abuelos nos dejan una huella imborrable, y la casa de nuestros abuelos era algo especial, ante todo era algo nuestro, no era la casa de ellos como algo ajeno, no. Era un espacio nuestro, relajado, divertido…donde con mi hermana y primos disfrutamos mucho de nuestra niñez…. En el primer patio el abuelo hizo hacer una hamaca al lado del jazmín, ahí jugábamos muchísimo… Al patio lleno de frutales, y con un gallinero incluido, le decíamos “la quinta” y jugábamos horas arriba de ese ciruelo que tanto podía ser “la casita” si jugábamos con Vivi o, una diligencia, si el juego era más varonil con Susana y Gustavo… Y la casa…la abuela Victoria siempre cocinando algo rico, y, a veces, hacie...

Viajes, por Silvia Travaglia

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Silvia con Mary en sus esperas en la Terminal de Chaves                                                  Empecé a viajar en 1990, crisis, hiperinflación , para variar en Argentina.  Iba todos los viernes, pasando dos noches consecutivas que dormía en el colectivo. Recuerdo que guardaba una moneda de 50 centavos que me llevaba en el 22, de mi casa a la Terminal de Retiro y tener siempre el pasaje de ida a San Cayetano comprado, porque en la semana se me iba lo que ganaba en cada viaje, y quería volver.  Después fueron dos días los que me quedaba, de modo que hacía noche ahí.  Esto lo hice por 16 años, 16 años que me permitieron ver a mis hermanos casarse, ver nacer a mis sobrinos, ver envejecer a mis padres, y luego morir. Es mucho tiempo y también poco, quería que terminara nunca… porque sabía como era ese final...

De la tierra a la luna, un viaje imposible…, por Silvia Santipolo

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                 Una luminosa mañana de noviembre, con mis ocho años recién cumplidos, llegué hasta la biblioteca del Club Ciclista para cambiar El último mohicano, por otro libro.  Era todo un ritual mágico subir la escalera curva, abrir la puerta de madera e ingresar en ese paraíso de papel, donde imperaba el color marrón, el aroma de la cera del piso crujiente (porque al caminar los mosaicos hacían un ruido particular) y ver por los ventanales, en época de primavera, el profundo azul del árbol de la vereda de enfrente. La larga mesa central siempre estaba cubierta de libros. Devolví el que llevaba y comencé a mirar en la pila de los infantiles. Un sinfín de aventuras, un abanico de historias, una paleta de colores en cada tapa, en cada personaje. Sin embargo, algo apartado de los demás sobresalía De la Tierra a la Luna, de Julio Verne.  -¿Puedo llevarme éste?-, pregunté.  La señora b...

Mis dos Rogelios...,por María Susana Zubía

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                                                      Creo que nos conocimos en las panzas de nuestras mamás, no recuerdo un principio en nuestra amistad, nació con nosotros. De quien les voy a contar ahora es, de mi primer amigo, Rogelio Cisneros.  Lo recuerdo como un niño de baja estatura, pelo cortito y negro, cachetes muy pellizcables y sonrojados por el calor, ya que nunca se quedaba quieto. Sus ojos tenían el color de la Coca-Cola y también su dulzura, pero su mirada era pícara y traviesa.  ¡Cómo olvidar cuando abría la puerta de casa, apenas lo suficiente para asomar su cabeza, y pronunciar las palabras mágicas: “¿Querés salir a jugar?”! Y así empezaban nuestras aventuras. Nos convertíamos en grandes exploradores, al mejor estilo Indiana Jones, en el fondo del club Independiente; o nuestra bicicletas eran naves espaciales q...

Rituales compartidos, por Jorge Dip

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                                                                                 El sol se esfumó en esta tardecita de otoño acariciando las oxidadas vías del ferrocarril que solo perciben algo de vida cuando los pibes juegan en el terraplén.  Alguna vez las transité cargado de palos para las chozas, soñando en ser futbolista o cantando alguna canción que les escuchaba a los mayores. El frío hace tiritar la pared de madera de la casa, la parte que no ha sido bendecida aún por el ladrillo, pero se banca los vientos y heladas de manera estoica. Estoy a punto de presenciar una ceremonia que se ha vuelto tan rutinaria como necesaria los últimos fines de semana. Seré testigo de un ritual gastronómico sin valorarlo demasiado, preocupado por la mirada de la chica que me gusta en...